DOVE È LA LIBERTÀ?

el arte por colores. colores con K, de okupa y resiste.

primera persona narrativa

Todos sabemos qué es la primera persona: un narrador que forma parte de la historia que se cuenta. Además, es el tipo de narración que más diferencia la voz del autor de la voz del narrador, porque el personaje, aunque narrador, debe seguir cumpliendo todas las funciones del personaje, y sus limitaciones (esto excluye la omnipresencia narrativa, a no ser que la justifiquemos con algún tipo de fantasía o similares).

Veamos qué tipos de narrador en primera persona existen, antes de adentrarnos en sus limitaciones y virtudes.

Narrador protagonista. La más usada, huelga decir. El personaje cuenta su propia historia.

Narrador testigo. Es un personaje de la historia que asume la función de narrar las hazañas del protagonista. Pensemos en el Dr. Watson.

Monólogo interior. Virgina Woolf, o James Joyce, saben bien a qué nos referimos al hablar de monólogo interior (flujo de conciencia). Corriente literaria que intenta plasmar el flujo natural de la conciencia humana, como nuestras asociaciones de ideas.

Las ventajas de la primera persona son inmensas. No sólo facilita el retrato de la personalidad del protagonista (dado que conocemos tanto sus acciones, como sus pensamientos), sino que, precisamente por esto, ayuda a que el lector crea empatía con el protagonista. Claro que esto es un arma de doble filo: ¿empatizará el lector con los personajes secundarios? Pensemos que el lector sólo conocerá a la gente que rodea al protagonista a través de la visión del mismo, que será determinante. Y este es uno de los grandes inconvenientes a vencer de la primera persona, lograr que los secundarios tengan algo de voz propia. ¿Es eso posible? Por supuesto. Las acciones de los secundarios pueden ayudar a retratarlos, más allá de la visión que el protagonista tenga de ellos. Pero hay otra gran arma que los escritores solemos olvidar: la gesticulación corporal. Con el cuerpo se puede expresar mucho, y a través de la descripción de los movimientos de los secundarios, el lector puede leer más allá, y formarse una opinión separada de la del protagonista.

Y hablando de secundarios, ¿qué pasa con las escenas en las que el protagonista no participa? ¿Cómo las contamos? Simple: no las contamos. Claro que siempre podemos hallar algún poder sobrenatural en nuestro protagonista, o que algún otro personaje se las cuente. Pero si no nos convence ninguno de estos casos, reitero: no las contamos. Esto parece una limitación (de hecho lo es), pero como casi todo en la primera persona, es un arma de doble filo. Algo fantástico de este tipo de narrativa es el margen que nos da para indagar en la psique del personaje protagonista, y estas escenas ocultas pueden sumar puntos a esto. Es decir, podemos hacer indagar al protagonista, hacerle sospechar, o hacer con él lo que queramos, sabiendo que, en arte, la ausencia puede ser mucho. En este caso: la ausencia de escenas. Todo lo que perdamos en hechos de la historia, tratemos de compensarlo con explotación del personaje.

Pero en mi humilde entender, lo más complicado de la primer persona narrativa, es presentar al personaje. El lector coge un libro y lee a un tío que le habla como si le conociese desde siempre. Pero él no le conoce de nada. ¿Cómo presentamos al personaje? Obviamente existe más de una forma de hacerlo. Podemos presentarle, simplemente (“Hola, soy Sam y me acabo de divorciar”, por ejemplo), o podemos hacer que los secundarios lo presenten (“Eh Sam, ¿cómo estás después del divorcio?”). Sea como sea, el objetivo debe ser que el lector acabe la primera escena con la idea de que ya conoce al protagonista, porque la vida de un desconocido no nos interesa. ¿Y qué pasa con su aspecto físico? Porque queda extraña la auto-descripción (“Soy un hombre rubio y alto”); no vamos describiéndonos en nuestros pensamientos cada día. Existen, entonces, cuatro opciones básicas:

1. auto-descripción, que, como decía, suele quedar algo artificial. Es la que menos recomiendo. Le quita veracidad a la historia. No obstante, hay formatos en los que encaja perfectamente, como una carta expresamente dirigida al lector (“Querido lector, me presento, soy Sam, un hombre viejo y rubio, y esta es mi historia”).

2. el famoso espejo. Esta, si a mi me preguntan, es todavía peor. La auto-descripción puede tener cabida en ciertos aspectos, como hemos visto, ¿pero el espejo? (“Me miro en el espejo y veo a un hombre rubio y arrugado”). Puede darse y quedar bien, por supuesto, pero es algo que tampoco solemos hacer. Si bien, como en la primera opción, creo que este forma de descripción tiene una variante verosímil, y es la descripción partida (“Me miro en el espejo y ¡qué ojeras!”). Eso es algo que solemos hacer: mirarnos a un espejo y fijarnos en detalles de nuestro rostro, porque lo general ya nos lo sabemos. No pensamos “soy rubia” o “qué bonitos ojos marrones que tengo”, pero sí es normal pensar “qué grano más feo” o “tengo que depilarme las cejas”. Y estas descripciones partidas no dejan de darnos información descriptiva sobre el protagonista.

3. que lo describan los demás aunque también suene raro. En este caso sigue encajando esta descripción parcial, porque igual que nosotros, nuestros amigos y familiares conocen nuestro aspecto de memoria.

4. por contraste, lo que yo encuentro la mejor opción. Digamos que, en realidad, el personaje nunca llega a describirse, simplemente se limita a narrar la interacción de su cuerpo con el mundo que lo rodea. (“Tuve que ponerme de puntillas para llegar a la última estantería”).

Estas serían las opciones básicas para que el protagonista se presente a sí mismo, pero ¿cómo presentamos a los secundarios? Porque, claro, sería extraño que el protagonista los pensase por [nombre + relación]. Digamos: “Suena el teléfono y miro quién es. Resulta ser Ana, la novia de mi mejor amigo”. Y suena extraño porque el protagonista ya sabe quién es Ana. ¿Y cómo lo hacemos? Hay varias opciones. Mi favorita es el diálogo, es decir, usar el diálogo como recurso para dar una información que sería extraño que el protagonista pensase, por obvia. (“Contesto al teléfono, es Ana. -¿Cómo está mi cuñada favorita? -No soy tu cuñada. -¿Cómo que no? Hank es mi hermano y tu novio. Eso te convierte en mi cuñada. -Hank no es tu hermano. -Es mi mejor amigo, y es lo mismo. ¿Qué quieres?”). Otra forma, muy usada, son los recuerdos. (“Suena el teléfono y es Ana. Mientras respondo recuerdo cómo la conocí, el día en que Hank me dijo que era su novia”). O a través de un pensamiento quejumbroso. (“Pff, es Ana otra vez. Cómo odio que mis amigos tengan novias”.) El caso es presentarlos sin presentarlos, porque ya les conocemos.

Pero ¿no habías dicho que las ventajas de la primera persona eran muchas? Sí, y lo son. Por ejemplo la credibilidad. Una historia contada en primera persona anula, per se, cualquier sospecha del tipo: esto no ha pasado de verdad. Porque te lo estoy contando porque lo he vivido (o, en caso de usar tiempos presentes, porque lo estoy viviendo justo ahora). También, como hemos dicho, la empatía, no sólo con el personaje principal, sino con toda la historia, dado que el lector la vive muy de cerca. La distensión narrativa sería otra de las grandes ventajas (quizás por eso se use tanto la primera persona en novelas juveniles).

Huelga decir que, dependiendo del género que elijamos, la primera persona cobra más sentido o menos. Por ejemplo, en literatura de misterio, es muy interesante usar la primera persona, puesto que obliga al lector a hacer los mismos razonamientos y sufrir las mismas ansias de tener más información.

Entonces,

¿os animáis a escribir en primera persona? Porque tengo un #reto para vosotros y vosotras.

(En caso de que no sepáis cómo funciona esto de los #retos, clicad aquí.)

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One comment on “primera persona narrativa

  1. Resonado: #reto 1 (primera persona narrativa) | dove è la libertà?

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This entry was posted on Marto 13, 2014 by in #retos, escritos naranjas, narrativa naranjota, proyectos verdes and tagged , , , .
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